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Destino Springsteen. Capítulo 3

Llegó el día del concierto. Un día muy esperado por ambos, un día que parecía no llegar nunca. Pero llegó.

La jugada que teníamos estudiada era ir sobre las 7 o 7.30, pero creo que no llegamos hasta las 8 o quizás más, ha pasado ya bastante tiempo y no recuerdo bien. Lo importante es que nos brindó los números 416 y 417. Teniendo en cuenta que el concierto era en un estadio grande, no era del todo malo. Lo bueno del número es que te piras y vuelvas para pasar lista, y te vuelves a ir y te vuelves a pirar para pasar lista y así sucesivamente...

Pero nunca se pasó lista. Tampoco había problema porque lo más que nos alejamos del estadio fue a una pendiente con césped que nos brindó algo de descanso. Llegado el momento, la gente algo mosqueada ante que no se pasara lista, y por supuesto, ante que nos empezáramos a juntar sin motivo aparente, decidió seguir agrupándose impidiendo el paso del tráfico. El encargado (supongo yo) fue un listo y nos metió a todos junto a la pared para dejar pasar los coches. Lo malo de esta acción, honrada en un principio, es que provocó que la cola se formase totalmente deformada y desde luego no por el número asignado. Para colocarnos calculo que tardamos sobre dos horas. Al final lo conseguimos, que es lo importante. Repartieron las pulseras y bingo! ya teníamos el primer paso, colocarnos en la zona del escenario.

No tardamos en irnos a comer. Sabíamos que aunque íbamos a ser timados no quedaba otra, no había ningún garito cerca. Así que fuimos al Pans & Company. Comimos, utilizamos los servicios del local y volvimos a la cola, que tan gratamente vigilaban los catalanes de delante. Sin embargo, casi se monta un cristo porque los que había detrás nuestra se habían colado. El mosqueo duró bastante al personal y algunos aceptaron el irse. Dos no marcharon, eso sí, los que deberían estar a continuación nuestra ocuparon su lugar.

Creo que la cola sólo tuvo dos momentos más antes de la entrada. El primero el ver a un tipo de la cola cantando she’s the one con su guitarra. El otro, momentos antes de entrar, al utilizar (no quedaba otra) uno de los baños portatiles que ponen en estos eventos.

La gente ya estaba preparada para entrar, se apretaba, y nosotros también claro. En el primer tramo de control se creo un mogollón para dar la entrada. Había seguratas mirando bolsos, pero Antía se libró con agilidad mental de los mismos. Y empezó la carrerá. Primero hasta la entrada al estadio. Luego bajando unas escaleras empinadas que no llevaban al infierno, llevaban al césped del estadio. Luego corrimos por el campo, llegamos a la zona privilegiada, enseñamos la pulsera, y por último el sprint final que nos colocó más o menos en cuarta fila, muy muy cerca. Había montones de tipos de la organización mandando frenar la velocidad (pensé muchas veces, que frene tu madre capullo y déjame seguir mi camino). Pero tras parar un breve segundo y pasar a los mismos otra vez a sprintar.

Nos sentamos, sólo quedaban horas de espera que se hicieron interminables, más que nada porque teníamos unos pesados detrás, un niño llorón y una mosca cojonera. Quedamos alucinados al ver a un tipa que calculamos de 60 años mínimo, y siendo generosos, que estaba detras nuestra justo. Esa mujer a su edad, se podía haber dejado la vida debido al golpeteo de la multitud, a las empinadas escaleras, o quizás ante un ataque al corazón por la carrera. A sus pies, señora, ojalá lleguemos a su edad así.

No nos movimos del sitio, aunque pudimos saber por lo italianos que teníamos delante que las cañas eran de 7 euros cada una. También disfrutamos con los dos alemanes de delante, graciosos ellos, no paraban de reír. Nunca sabré que decían, pero eran muy divertidos.

El calor crecía por momento y había que empezar a luchar con los empujones. Y el tiempo no pasaba.

Llegó la hora, pero como en Madrid Bruce, el muy cabrón, decidió que no era el momento y se retrasó.

Pero sí, por fin llegó la hora, y entonces pudimos escuchar los primeros sonidos a través de la batería de Max.

El concierto había empezado.

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